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EL ASESINATO DEL POETA CARLOS ORTIZ (2ª Parte)

Concurrentes al banquete

El banquete comenzó después de las 20,00 hs, asistiendo además de los comensales muchas familias y un grupo numeroso de niños y niñas escolares que debían entregarle al Sr. Mathus un alfiler y una lapicera de oro y brillantes. La fiesta se desarrollaba sin que nada hiciera presentir la tragedia que se avecinaba.

Rodeaban la mesa (entre otros) los señores: Dr. Antonio Novaro, Antonio Seara, Dr. Santiago Fornos, Alberto Ortiz, Dr. Héctor Juliánez, Sebastián F. Barrancos, Prudencio S. Moras, Carlos Ortiz, Alejandro Suárez, Eliseo Varias, Francisco Cores, Dr. Juan Oteiza, Federico Rotemburger, Horacio Martelletti, Dr. Vicente Novaro, Cecilio Lamón, Dr. Ireneo A. Moras, Juan M. Velurtas, Justo Aramburu, Dr. José María Moras, Jorge Lance y Pedro Mesplet.

En la sala contigua al salón donde se realizaba el ban­quete, y también frente a la cabecera, donde estaban las per­sonas citadas, había un grupo de niñas, alumnas de la Escuela Normal, que habían adherido a la fiesta, llevando ramilletes de flores, y varias damas y señoritas de la sociedad de Chivilcoy, que desde ese lugar participaban del desarrollo del acto.

La fiesta fue ofrecida por el doctor José M. Moras, veterinario municipal, que en esos momentos sufría la hostilidad de Loveira y agradecida por el señor Mathus. Hablaron después el doctor Juliánez y el poeta Carlos Ortiz, que leyó una poesía, la úl­tima que vocalizaría el bardo, y el doctor Antonio Novaro.

Algunos discursos condenaron enérgicamente la situación que dirigía desde hacía muchos años en Chivilcoy el senador provincial don Vicente Loveira, que no estaba en la ciudad en esos momentos.

Se había reunido mucha gente frente a las ventanas del Club Social para escuchar los discursos.

El club da a la plaza principal y las cuatro ventanas que miran a ella se hallaban completamente abiertas.


La fiesta

Sólo tres ó cuatro invitados que habían prometido asistir a la fiesta, tal vez temerosos de lo que pudiera ocurrir o sabedores de lo que iba á suceder, desistieron de su propósito a último momento.

La gran mayoría ignoró las amenazas y a la hora de empezar el banquete se vio que la concurrencia era mayor que la calculada por los organizadores, motivo por el cual se agregó una mesa más a las ya preparadas. En total había unos ciento cincuenta comensales.

Cuando llegó el momento de los brindis, numerosas se­ñoras, señoritas y niños, hicieron irrupción en el Club, ocu­pando las salas cercanas a aquella en la cual se servía el banquete, para escuchar los discursos. Otras personas prefirieron escuchar los dis­cursos desde los balcones.

Mientras se servía el banquete, muchos oficialistas, algu­nos de los cuales posteriormente fueron detenidos en la Comisaría señalados como autores del atentado, circulaban por la vereda del Club. No llamó esto mayormente la atención. Se supuso que estos sujetos tendrían la misión de tomar nota de los asistentes, para incluirlos en una lista negra del oficialismo por estar en la oposición, y que además, habrían sido enviados para que registraran lo que decían los oradores.


Los versos de Carlos Ortiz

Pocas horas antes de la celebración del banquete, alguien de la intimidad del poeta le dijo que se preparara para pro­nunciar algunas palabras, pues seguramente la concurrencia iba a pedir que se hiciera oír su voz en el banquete.

Carlos Ortiz manifestó que no era su fuerte la oratoria y que por lo tanto no hablaría.

Como le insistieron que era muy importante que se escuchara su palabra en ese acto, el poeta tomó un papel y escribió unos versos que leyó más tarde. El más combativo es este:

“Hacen falta las sombras al caudillo.

Como la negra noche á la lechuza.

Es en la sombra que se escuda el pillo.

Y es en la sombra que el puñal se aguza”.

Ortiz leyó las estrofas de su autoría con voz clara y vibrante. Templando el ánimo con su canto desafiante. Tuvo que repetir algunas de las estrofas a pe­dido de muchos concurrentes que no habían podido escucharlas claramente debido a que la voz del poeta era tapada por los aplausos.

Cuando terminó varios caballeros se acercaron hasta él para felicitarlo y abrazarlo.

Luego de las felicitaciones de que fue objeto el poeta, se dio lectura a los numerosos telegramas de adhesión a la fiesta, y enseguida se hizo entrega al señor Mathus de un ramo de flores y una alhaja que le enviaban las alumnas de la Escuela Normal de esta ciudad.

Inmediatamente alguien pidió que hablara uno de los asistentes, y como el aludido no accediera, se pusieron de pie las personas que estaban a la cabecera, de la mesa, dando la señal de la terminación del acto. Eran las 23,30 hs.


La tragedia

En ese momento el poeta Ortiz, que estaba sentado en el ángulo de la mesa que daba a uno de los cuatro balcones bajos que tenía el club en esa época y por donde varias familias habían presenciado la fiesta desde la calzada y la plaza, se puso de pie con la intención de dirigirse hacia dicho balcón. Desde donde momentos antes le habían llegado las palabras cariñosas de sus hermanas, que desde la calle escucharon los discursos. Ortiz se reclinó sobre el antepecho del balcón, pero no llegó a intercambiar ni una palabra con su audito­rio de la calle, porque al grito de “¡Viva Loveira!” le efectuaron varios disparos, dos de los cuales lo hirieron, uno en una pierna y el otro en el vientre, perforán­dole los intestinos. El desdichado poeta cayó en brazos de sus amigos.

La primera descarga fue seguida de varios disparos más que desde el primer balcón de la izquierda hicieron los asesinos apostados en la vereda. Los tiros fueron dirigidos hacia la cabecera de la mesa, donde habían estado sentados los hombres más representativos de la oposición local.

Las detonaciones de las armas provocaron una gran confusión. Los sicarios habían esperado que las personas que estaban en la calle se alejaran y despejaran la cuadra para poder salir corriendo sin tropiezos.

Algunas señoras se desmayaron y otras gritaron desesperadamente al igual que los niños. Los hom­bres maldijeron. La sorpresa fue de tal magnitud, que al principio nadie entendía que era lo que estaba pasando. Cuando los asistentes pudieron darse cuenta de la situación, se vio a Carlos Ortiz, pálido, desencajado, apoyándose, en la pared, al lado del balcón, apretándose nerviosamente una de las heridas que había recibido.

Alguien gritó: “¡Carlos Ortiz está herido!” El grito se escuchó en todas las dependencias del Club, llenas de público. “Car­los Ortiz ha sido mortalmente herido, gritó otra voz”. “¡Carlos Ortiz ha sido asesinado!” Gritaban todos, llevándose las ma­nos a la cabeza en medio de una gran desazón.

Y mientras los médicos presentes corrían a auxiliar al poeta y demás heridos, otros se dirigían desesperadamente a la calle en persecución de los criminales, quienes contaron para la huida con la colaboración de otros sujetos ubicados escalonadamente.

Desde el salón respondieron la agresión, entre otros, los señores Simbolet, el escribano Castillo y el hacendado Rossi.

Un empleado de la tienda Casa Galli, al escuchar las detonaciones creyó que había un incendio; se asomó a la puerta del negocio cuando los asesinos fugaban y uno de ellos le dio tal empujón que lo hizo caer dando la cara contra el suelo y desplazándolo a dos o tres metros de donde estaba parado.

Una versión indica que los asesinos fueron perseguidos hasta las inmediaciones de la Escuela Normal, desde donde a los perseguidores les efectuaron varios disparos otros sujetos para cubrir la huída de los fugitivos.

Otros que reaccionaron y persiguieron a los atacantes fueron los señores Bartolo Vivarés, Dámaso Silva, Raúl Massey y algunos más que, saltando por las ventanas del Club los siguieron.

Tenían en su contra la actitud de la policía, ya que no había ni un agente en las inmediaciones y la gran ventaja que estos llevaban. El señor Vivarés corrió a uno de ellos hasta una distancia de casi 10 cuadras del lugar del hecho, habiendo sido ayudado a último momento por el oficial Tossar, quien no quiso detener al perseguido, por temor que lo quisieran linchar, según lo declarado después. Los perseguidores corrieron 10 cuadras a los asesinos gritando sin encontrar ningún policía para que los ayudara a capturarlos. (Evidentemente estamos ante un caso de zona liberada).

Mientras tanto, en el salón donde se había realizado el banquete, un clamor formidable llenó la sala y la convicción íntima que se abrigaba del autor intelectual del atentado, hizo que de todas las gargantas partiera este grito estridente: “— ¡MUERA LOVEIRA!”

Ortiz fue conducido a una habitación contigua al salón por sus hermanos y hermanas. De inmediato fue colocado sobre un sofá y se le desprendieron las ropas. La gravedad de su estado decidió a los médicos a llevarlo, después de un buen rato, al domicilio donde veraneaba su familia, ubicado en la calle San Martín 112 o 114 según algunos textos. Es decir, a una cuadra y media del Club Social.

Cuando lo trasladaron desde el club ubicado en la calle San Martín 24, hasta la casa de la familia del mismo pasaron por delante de la comisaría, ubicada en San Martín 75, pero no se vio a ni un solo policía.

Todos los médicos de Chivilcoy, excepto el de policía, a quien recién al mediodía del día 3 de marzo se le dio intervención, atendieron solícitamente al poeta hasta el amargo final.

La policía “brilló por su ausencia” y aun con posterioridad al hecho no se mostró activa ni interesada en capturar a los autores del atentado.

De inmediato se estimó que el número de los asesinos oscilaba entre 5 o 6 emponchados. Además, del infortunado Ortiz, las otras víctimas del atentado fueron dos adultos (José Faverio, y José I. Rivas, ambos heridos en un brazo) y el niño Pascual Paunessi. Más tarde se supo que un señor de apellido Spota, también había resultado herido en la vereda del club y se infirió que habría otros, que por la levedad de sus heridas y por temor a represalias no hicieron denuncia alguna y prefirieron irse a sus casas y curarse allí. En todos estos casos se trata de damnificados con heridas, que no fueron mortales. La sangre de todos ellos quedó derramada en el piso, tanto del salón como de la vereda del club, en el balcón y en la sala adonde fue conducido Ortiz en primer término. Lo que ahondó el dramatismo de la escena.

En cambio Ortiz, recibió una herida en la región abdominal y otra en una pierna. Su estado fue grave desde un comienzo, y por ello se solicitó la presencia de algunos facultativos de Buenos Aires.

En tren especial llegó el 3 de marzo el doctor Marengo, acompañado de otro colega, quienes acudieron urgentemente a atender a la víctima.

Rubén Osvaldo Cané Nóbile

Foto: Frente del Club Social después del asesinato del poeta Carlos Ortiz. Se advierten los crespones negros sobre los balcones.


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