El desafío de financiar el retiro ante una mayor expectativa de vida y haberes magros

El incremento en la expectativa de vida pone en jaque el esquema tradicional de estudio, trabajo y descanso, obligando a repensar cómo financiar las décadas posteriores a los sesenta años. Mientras las redes sociales se llenan de consejos de inversión simplificados, la realidad de gran parte de la clase media y los sectores vulnerables pasa por resolver necesidades básicas con ingresos ajustados.
En el plano local, la jubilación mínima de octubre, con el bono incluido, apenas supera los quinientos mil pesos. Dicha cifra contrasta fuertemente con la canasta básica para la tercera edad calculada en marzo por la Defensoría de la Tercera Edad, la cual superaba el millón ochocientos mil pesos, dejando un panorama crítico para quienes no cuentan con patrimonio.
La situación se complejiza aún más al analizar las brechas de género en el sistema previsional. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos calcula que las mujeres pasan un promedio de 22,8 años fuera del mercado laboral tras el retiro, frente a los 18,6 años de los varones, percibiendo ingresos un 23% más bajos debido a trayectorias marcadas por tareas de cuidado informal.
A esta problemática se suma el impacto de la finalización de la moratoria en marzo de 2025, la cual dejó especialmente expuestas a aquellas personas, mayoritariamente mujeres, que no lograron completar los treinta años de aportes requeridos a pesar de haber trabajado toda su vida.
Frente a este escenario, los especialistas advierten que una vida longeva no se sostiene únicamente con cuentas de inversión o recortes en gastos cotidianos. Se requieren múltiples herramientas que combinan recursos económicos, decisiones de vivienda, continuidad laboral y redes de contención social y comunitaria.