Maíz tardío: cómo la tecnología y la genética expanden la frontera productiva

El valor de un lote de maíz trasciende la tranquera y se refleja en el entramado económico de cada localidad. Talleres, transportistas, feedlots, tambos y plantas de bioetanol conforman una red federal donde el grano se transforma en carne, alimentos y energía, generando arraigo y desarrollo en el interior del país.
La expansión territorial del cereal hacia nuevas regiones y ambientes con limitaciones de agua fue posible gracias al uso de híbridos con mejor genética, el maíz tardío y los planteos de baja densidad. No obstante, el sector enfrenta amenazas sanitarias concretas, evidenciadas en la campaña 2023/24, cuando la chicharrita provocó una merma del 20% en la producción nacional.
Para dar respuesta a este flagelo, Maizar coordinó junto a entidades públicas y privadas la creación de la Red Nacional de Dalbulus maidis. Este espacio recolecta muestras y analiza quincenalmente la situación del insecto en las cinco principales zonas maiceras para optimizar las decisiones técnicas de los productores.
En paralelo, el cultivo consolida su presencia en provincias patagónicas y del NEA que históricamente no figuraban en los mapas agrícolas tradicionales. En Río Negro, la superficie maicera se duplicó en diez años al pasar de 12.000 a 24.000 hectáreas, aunque la provincia todavía debe adquirir unas 100.000 toneladas anuales al resto del país para abastecer su ganadería.
Neuquén, Mendoza, Corrientes y Misiones también exploran alternativas similares de integración agrícola-ganadera. Para afianzar este proceso de descentralización y agregado de valor, desde el sector reclaman mejoras en infraestructura vinculadas al riego, la energía y el financiamiento.