
La ciudad habla
La ciudad habla. ¡Claro que habla! Y le habla al político gobernante y también al vecino.
¿Cómo habla? Bueno, lo hace sin palabras, lo hace con colores, formas y líneas. Un disco
rojo de PARE, una flecha blanca, una senda pintada en el asfalto. Es la señalización vial.
Y cuando funciona, nadie la nota. Cuando falta, todos la extrañan. Su función es simple y
vital: ordenar para proteger.
No hay ordenamiento del tránsito sin señalización. Ese es el principio. Todo lo demás
como el semáforo, el inspector, la educación vial, viene después.
El ordenamiento del tránsito empieza con una señalización completa. Instruye y protege.
Es así de literal.
Instruye porque le enseña a cada uno qué debe hacer, incluso si es la primera vez que
pasa por esa calle. Le dice al conductor cuál es la velocidad máxima, dónde debe
detenerse, quién tiene prioridad, si hay una escuela o un hospital a metros. Le dice al
peatón por dónde cruzar seguro, cuándo avanzar y dónde esperar. Le dice al ciclista o
motociclista cuál es su espacio. Sin esa instrucción clara, librada a la interpretación de
cada uno, el tránsito se vuelve una discusión permanente.
Y protege porque esa instrucción es la que salva vidas. Una señal no es un adorno
municipal, es una barrera de protección.
Protege a todos por igual. Al automovilista que evita una colisión porque vio a tiempo el
cartel de esquina peligrosa. Al motociclista que frena porque leyó el límite de 30. Y sobre
todo protege al más vulnerable: al chico que cruza por la senda, al adulto mayor, a la
persona con discapacidad que necesita una rampa bien señalizada para cruzar con
autonomía. Cuando la señal está, existe un derecho visible. El peatón sabe que esa
senda es suya. La ausencia, provoca exactamente lo contrario.
Donde no hay señalización completa, hay desorden. Donde hay desorden, hay siniestro.
Una esquina sin PARE, una avenida sin demarcación de carriles, una senda peatonal
borrada, un cartel tapado por un árbol, son invitaciones directas al choque y al atropello.
Sin la señal, cada uno inventa su propia regla. Gana el apuro, gana el más grande. Y
pierde siempre el más frágil.
No se puede pedir educación vial si la ciudad no habla claro. Para que hable claro es el
político gobernante el que debe darle las palabras. No se puede exigir respeto si no hay
una línea blanca que marque dónde respetar.
Señalizar completo no es un gasto. Es el primer paso, el más básico y más barato, para
que la ciudad cuide a su gente.
Por Luis María Mariano
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