La educación y la democracia.

La educación y la democracia.
En una nota de opinión en el Diario Clarín, Daniel Lutzky sociólogo y politólogo, refiere que “Los
índices que miden la calidad institucional (como los) -controles al Poder Ejecutivo; respeto a la
deliberación y trato a la prensa- detectan un deterioro que la creencia democrática de los
ciudadanos, por sí sola, no alcanza a compensar.” y también que: “En los actos de la campaña de
1983, Raúl Alfonsín cerraba sus discursos recitando el Preámbulo de la Constitución. Multitudes
que en su mayoría jamás lo habían leído completo lo acompañaban como quien acompaña una
plegaria: un rezo laico. El gesto condensaba una intuición profunda: la democracia no iba a
sostenerse solo sobre reglas y procedimientos, sino sobre una creencia compartida; la democracia
como forma de vida, no como mera técnica de gobierno.”
Claro que con Alfonsín puesto en el gobierno que no renunció a sus postulados, se inició la gesta
política educativa. Pensemos que estamos a más de cuatro décadas del retorno constitucional.
Repensar la gestión educativa del gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989) implica reconocer un
momento histórico bisagra, donde la escuela dejó de ser un cuartel de control ideológico, para
convertirse en el motor de la reconstrucción cívica.
El concepto era desarticular el autoritarismo anidado en las aulas. El primer gran hito fue la
normalización universitaria: se devolvió la autonomía a las casas de altos estudios, se restituyó el
cogobierno y se abrió la puerta a los docentes e investigadores exiliados. La universidad recuperó
así su rol como usina de pensamiento crítico y plural.
Pero la impronta más ambiciosa de democratización pedagógica fue sin dudas el Congreso
Pedagógico Nacional. Concebido como un debate federal sin precedentes, en el que sentaron a la
mesa de discución a docentes, familias y especialistas para rediscutir los fines del sistema
educativo. Sin perjuicio de atravesar en su seno, intensas disputas corporativas e ideológicas
-particularmente en torno a la educación laica y el rol de la escuela privada-, nos dejó un legado
incalculable de participación ciudadana. Ningún gobierno que lo sucedió, tomó las pautas de ese
legado.
La crisis económica y la hiperinflación golpearon de lleno en el presupuesto escolar del gobierno
radical de Alfonsín, desatando una profunda conflictividad gremial que culminó en hitos como la
histórica Marcha Blanca cargada de una postura sindical en desmedro institucional democrático.
La impronta alfonsinista en educación nos recuerda una verdad incómoda para el presente.
Debemos comprender definitivamente que la democracia no se consolida únicamente con laparticipación electoral, sino con aulas donde se enseñe a pensar en libertad, a discutir sin dogmas y
a valorar el saber como el cimiento más firme de la ciudadanía. La luz se debe imponer a las
sombras tanto del autoritarismo como del populismo encarnados, otrora en los militares el primero
y actualmente el segundo, en el peronismo.
Por Luis María Mariano.
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