La República y la batalla cultural

La República y la batalla cultural
La República no es solamente un sistema de gobierno. Es, fundamentalmente, una forma de entender y ejercer el poder. Se sostiene sobre instituciones, reglas, derechos y controles que establecen un principio esencial: ninguna persona está por encima de la ley y las diferencias, deben resolverse dentro de los procedimientos democráticos.
Defender la República implica, por lo tanto, mucho mas que defender determinadas instituciones. Implica defender una cultura política que luego de las periódicas elecciones, comienza a flaquear. Y esta cultura a la que nos referimos, necesita librar una batalla decisiva contra aquellas concepciones del poder que, desde distintos lugares y con diferentes discursos, terminan concentrándolo, subordinando las instituciones a una voluntad personal política o pretendiendo que quien gobierna puede colocarse por encima de los demás violentando los límites que establece el sistema democrático que es la igualdad ante la ley.
Tanto el que gobierna en forma autoritaria o totalitaria o ejerce el populismo, y aunque estas formas políticas tienen características históricas y políticas diferentes, comparten un riesgo perjudicial para con la sociedad porque conciben el ejercicio del poder sin los controles suficientes y por ende, desvalorizan las instituciones que deben y pueden limitarlo. La República democrática propone exactamente lo contrario: poder limitado, división de poderes, alternancia, pluralismo, libertad, igualdad ante la ley y controles institucionales.
Sin perjuicio que las instituciones republicanas no son perfectas ni inmutables, son construcciones humanas y, como tales, pueden equivocarse, deteriorarse o dejar de responder adecuadamente a las necesidades de una sociedad. Cuando una institución no funciona como debería, la respuesta republicana no debería ser desprestigiarla, ignorarla o abandonarla. Debe ser mejorarla, fortalecerla y hacerla funcionar democráticamente.
Este principio resulta particularmente importante en tiempos en los que parece instalarse una peligrosa desconfianza hacia las instituciones intermedias que vinculan a la sociedad con el Estado. Nos referimos a los partidos políticos y el periodismo que forman parte de esas instituciones. Pueden tener errores, intereses, contradicciones y responsabilidades que deben ser señalados. Pero una democracia no puede desentenderse de ellos sin debilitar sus propios mecanismos de representación, participación y control. Por eso resulta preocupante que, desde diferentes espacios políticos, se haya convertido en una práctica frecuente descalificar al periodismo o presentar a los partidos como estructuras innecesarias o despreciables. Lo que no debería aceptarse es la idea de que, porque una institución funciona mal, debe ser destruida. Esa lógica puede terminar dejando a la sociedad sin los instrumentos necesarios para controlar el poder.
La batalla cultural por la República consiste también en recuperar una concepción de la libertad inseparable de la igualdad ante la ley y de la justicia. La libertad no puede convertirse en privilegio, ni la igualdad en uniformidad. Una República democrática debe garantizar que todos sean igualmente libres y que nadie pueda ejercer un poder arbitrario sobre los demás.
La democracia decide quién gobierna. La República establece cómo debe ejercerse ese poder. Y allí se encuentra, quizás, la verdadera batalla cultural de nuestro tiempo: abandonar definitivamente la idea de que la política necesita un poder sin límites, un líder por encima de las instituciones o una mayoría que pueda imponerse sobre los derechos.
Frente al autoritarismo, el límite.
Frente al totalitarismo, el pluralismo.
Frente al populismo, las instituciones.
Frente a la concentración del poder, la división y el control.
Porque una República fuerte no es aquella que elimina sus instituciones cuando funcionan mal. Es aquella que tiene la madurez democrática suficiente para mejorarlas, fortalecerlas y hacerlas funcionar.
Por Luis María Mariano
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