Maíz tardío en Argentina: qué genética y sanidad elegir para maximizar el rinde

El maíz tardío dejó de ser una alternativa secundaria y hoy representa más del 50% de las hectáreas de maíz que se siembran en la Argentina. Este nuevo escenario productivo exige híbridos de adaptación amplia, capaces de rendir de manera estable en diferentes regiones y ambientes.
Los programas de mejoramiento apuntan a un doble objetivo: elevar los techos productivos y sostener los pisos cuando las condiciones climáticas son desfavorables. En planteos donde el estrés térmico y el déficit hídrico condicionan el desarrollo, la plasticidad reproductiva permite capturar rendimiento adicional si el año resulta mejor de lo previsto.
La sanidad se convirtió en un eje central para proteger el rinde frente a enfermedades emergentes como el achaparramiento causado por Spiroplasma (CSS), transmitido por la chicharrita (Dalbulus maidis), y la mancha blanca. A su vez, se mantienen bajo control patógenos tradicionales como el tizón y las enfermedades vasculares, reduciendo la dependencia de aplicaciones.
Atributos agronómicos como la resistencia al vuelco y al quebrado aseguran que el volumen logrado llegue efectivamente a la cosecha, una característica vital en siembras tardías que se recolectan hacia el otoño o el invierno.
La biotecnología complementa la genética base con eventos de última generación para la protección contra insectos y la tolerancia a herbicidas. Combinar estas herramientas con el uso de refugios y un riguroso posicionamiento basado en redes de ensayos permite aprovechar al máximo el potencial de cada material en los lotes del país.