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UN CHIVILCOYANO EN BARCELONA | MÚSICA Y MIGRACIÓN

22 de junio de 2026 · Hace 2 h
UN CHIVILCOYANO EN BARCELONA | MÚSICA Y MIGRACIÓN

Gabriel Vallone: veinticinco años haciendo de la música una forma de vida

Radicado en Barcelona desde hace un cuarto de siglo, el cantante y profesor de canto repasó su recorrido, habló de las pérdidas que impone la distancia y reafirmó su vínculo con Chivilcoy a través de sus canciones.

Gabriel Vallone atendió la llamada de Radio del Centro desde su casa en Barcelona, a pocas cuadras del mar y cerca de algunos de los lugares más reconocibles de Montjuïc. Desde el balcón mostró el entorno, señaló el Palau Sant Jordi y describió el paisaje que lo acompaña desde hace años. La escena funcionó como punto de partida para recorrer una historia que comenzó en Chivilcoy y que lleva veinticinco años desarrollándose en España, siempre alrededor de la música.

Su llegada a Barcelona estuvo vinculada con un proyecto discográfico. Vallone viajó para grabar un álbum que finalmente no llegó a publicarse, en medio de los cambios que produjo el fenómeno televisivo de Operación Triunfo. El resultado comercial no fue el esperado, pero la experiencia abrió otra posibilidad: descubrió una ciudad en la que podía cantar, dar clases y construir una vida profesional ligada a lo que le gustaba. Decidió quedarse y convertir aquella frustración inicial en un nuevo comienzo.

Barcelona lo atrapó por su combinación de mar, montaña y movimiento cultural. Sin embargo, la integración no fue inmediata. Compartir el castellano facilitó parte del recorrido, aunque adaptarse a otra sociedad, comprender sus códigos y construir vínculos laborales exigió tiempo. El catalán forma parte de la vida cotidiana y Vallone asegura que puede entenderlo, aun cuando no lo habla con la misma soltura. Esa convivencia de lenguas también terminó entrando en sus composiciones.

Hoy vive de la música a través de varias actividades. Da clases de canto, realiza presentaciones, prepara repertorios y participa en celebraciones populares. Durante la entrevista anticipó una actuación en la fiesta de su distrito, una jornada comunitaria conocida por su caracolada, con escenario en una plaza cercana a su casa. Era el tercer año consecutivo en que lo convocaban, una continuidad que refleja el lugar que fue construyendo dentro de la comunidad.

El tango ocupa un espacio importante en su trabajo. Vallone armó un espectáculo con músicos y bailarines, y también tiene alumnos interesados en el género. En mayo participó de un festival de tango en Murcia y para septiembre tiene previsto viajar a Hamburgo, Alemania, donde brindará un taller de canto y realizará dos actuaciones. La agenda muestra que su actividad excede Barcelona y se mueve por diferentes ciudades europeas.

Vivir de la música, aclaró, exige una reinvención permanente. No todos los artistas logran sostenerse exclusivamente con presentaciones, y muchos deben complementar sus ingresos con otros empleos. Vallone encontró un equilibrio entre clases, actuaciones y proyectos propios. Su experiencia no aparece presentada como una fórmula sencilla, sino como el resultado de insistir, adaptarse y diversificar tareas durante años.

La migración también tuvo costos profundos. En uno de los momentos más emotivos de la charla, contó que atravesó los fallecimientos de su padre y de su madre a la distancia y que participó de ambos velatorios a través de WhatsApp. La imposibilidad de viajar condensó una de las experiencias más duras de vivir lejos: las decisiones personales abren oportunidades, pero no eliminan la culpa, la ausencia ni los momentos familiares que ya no pueden recuperarse.

A pesar de los años, Chivilcoy sigue presente en su repertorio. Vallone interpreta una canción dedicada a la ciudad que compuso junto con Billy, poblada de personajes, recuerdos y escenas locales. Antes de cantarla en España suele explicar quiénes son las personas mencionadas para que el público pueda comprender el sentido de las imágenes. La pieza funciona como un pequeño mapa afectivo y como una manera de llevar su lugar de origen a escenarios donde esos nombres no resultan familiares.

Durante la entrevista interpretó un fragmento de esa canción. En la letra aparecen plazas, artistas, trabajadores y personajes populares que formaron parte de su infancia. Vallone reconoció que muchos otros quedaron afuera por una cuestión de extensión y bromeó con la posibilidad de escribir una segunda parte. La respuesta del conductor dejó en claro que la canción ya es percibida como una suerte de himno informal y entrañable de la ciudad.

También presentó parte de una composición reciente, Llegó la hora, construida alrededor del balance, la despedida y las huellas que una persona deja en los demás. Los versos hablan de emprender una partida sin arrepentirse de lo vivido y de convertirse en canción. La interpretación, acompañada por guitarra, mostró un registro íntimo y una mirada madura sobre el paso del tiempo.

Otra de sus obras mencionadas fue Diferente, una canción inspirada por experiencias vinculadas con niños con síndrome de Down. Aunque no tiene un hijo con esa condición, distintas historias lo movilizaron y lo llevaron a escribir. La canción tuvo una recepción especialmente emotiva entre familias que se sintieron representadas. Vallone explicó que el autor no siempre alcanza a prever el efecto que una letra puede provocar: escribe desde lo que siente y luego la obra encuentra su propio recorrido.

Su vínculo con Barcelona también se convirtió en música. Compuso La més bonica, una pieza con fragmentos en catalán que recorre la Rambla, Colón, el Raval, Canaletes, la Boquería y otras referencias urbanas. La canción integra imágenes de la ciudad, escenas del fútbol y la vida cotidiana. Es una declaración de pertenencia construida por alguien que no dejó de ser chivilcoyano, pero que aprendió a reconocer Barcelona como parte de su identidad.

La familia acompaña ese camino. Su esposa, mendocina y bailarina de tango, trabaja además en una empresa vinculada con el movimiento de contenedores en el puerto. Tienen un hijo de nueve años, Biel, que también canta y algunas veces participa en sus espectáculos. Vallone evita imponerle una carrera artística: lo invita cuando el niño tiene ganas y deja que el interés se desarrolle sin presión.

La relación entre trabajo artístico y vida familiar aparece como otro equilibrio construido con los años. Los horarios de clases, ensayos y actuaciones conviven con la escuela de Biel y con el empleo de su esposa. Lejos de la imagen romántica del músico aislado, Vallone describe una organización cotidiana sostenida entre los tres. Esa red permite que continúe creando y viajando, y al mismo tiempo explica por qué cada actuación es parte de una economía familiar concreta y compartida, con responsabilidades que exceden el escenario.

En Barcelona continúa actuando incluso en espacios abiertos. Cuando no tiene alumnos, suele cantar en el Mirador del Alcalde, un punto desde el que se observa la ciudad y el mar. Allí se cruza con turistas, vecinos y, de manera inesperada, con personas de Chivilcoy. Esos encuentros confirman que la distancia puede achicarse en los lugares menos pensados y que la música sigue funcionando como carta de presentación.

Las redes sociales son uno de los desafíos actuales. Vallone reconoce que le cuesta sostener una presencia constante, aunque entiende que forman parte del trabajo contemporáneo. La difusión ya no depende solamente de discos, radios o escenarios; también exige enviar material, documentar actuaciones y mantener un vínculo con el público. Su hijo, como ocurre en muchas familias, maneja con naturalidad herramientas que para los adultos requirieron aprendizaje.

Cuando le preguntaron si estaba feliz, respondió con una fórmula honesta: feliz de a ratos, pero con muchos buenos momentos. Hacer lo que le gusta le permite comenzar con una ventaja, aunque luego haya que trabajar todos los días para sostenerla. La respuesta resume un recorrido sin idealizaciones: la música le dio una vida posible, pero esa vida se construyó con esfuerzo, pérdidas, cambios y una capacidad constante de adaptación.

Vallone prometió seguir enviando canciones y novedades a Chivilcoy. La entrevista cerró con afecto y con la posibilidad de regresar para realizar alguna presentación. Después de veinticinco años, no habla de sus raíces como una postal inmóvil: las canta, las explica y las mezcla con la ciudad que eligió. Entre el Mediterráneo, el tango, las clases y los escenarios, su historia demuestra que emigrar también puede ser aprender a habitar dos lugares al mismo tiempo.

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