Musica popular | Doble vida entre fabrica y escenario

Ariel Ivaldi sostiene una agenda intensa, combina fábrica y shows y ya proyecta fechas hasta 2027
El cantante chivilcoyano repasó el esfuerzo de trabajar en turnos rotativos mientras actúa casi todos los fines de semana, contó cómo pasó del tango a la cumbia sin perder identidad y habló de su presente en el programa televisivo Es Mi Sueño.
Ariel Ivaldi describe su rutina con una naturalidad que, escuchada de cerca, impresiona. Trabaja desde hace más de dos décadas en una fábrica con horarios rotativos, vive pendiente de diagramas de seis días por dos de descanso y, al mismo tiempo, sostiene una agenda artística que lo lleva a cantar dentro y fuera de Chivilcoy casi todos los fines de semana. No hay épica exagerada en su relato, pero sí una noción bastante clara de esfuerzo, organización y deseo. Esa mezcla explica por qué hoy puede hablar de meses completos, contratos a largo plazo y fechas que incluso ya empiezan a asomarse para 2027.
Lo primero que dejó en claro es que su presente artístico sería inviable sin una red de compañeros de trabajo dispuestos a ayudarlo. Contó que, para poder cantar sábados a la noche o asumir compromisos ya tomados con mucha anticipación, depende muchas veces de cambios de turno que otros aceptan hacer en su lugar. No lo presenta como una concesión menor. Sabe que pedirle a alguien que ceda un fin de semana implica tocar tiempo familiar, descanso o vida social. Por eso los menciona con gratitud, como una pieza imprescindible de esta doble vida entre la fábrica y los escenarios.
Ese respaldo le permite sostener una agenda que sorprende incluso a quienes siguen de cerca la movida musical local. Según contó, hoy no tiene menos de diez o doce actuaciones por mes y, cada vez más, esas fechas están fuera de Chivilcoy. Si en otro tiempo el radio de trabajo se limitaba a unos cien kilómetros, ahora aparecen contratos a distancias mucho mayores y en plazas que antes parecían lejanas. Para Ivaldi, ese crecimiento está directamente ligado al papel de las redes sociales. Cree que fueron fundamentales para mostrar lo que hace, para ampliar el público y para llegar a personas que no lo conocían en su faceta más bailable.
La expansión no fue lineal ni surgió de un plan rígido. Se fue armando, como él mismo dice, casi sola. Un show en un lugar trae otro cercano, un video circula, una publicación despierta interés y el nombre empieza a repetirse. Ahí también aparece una de las claves de su presente: la constancia. Ivaldi no habla de un golpe de suerte aislado, sino de una cadena de oportunidades que encontró a alguien dispuesto a responder. En ese proceso, incluso los viajes largos forman parte del juego. Si el trabajo y los turnos se acomodan, dice, no tiene problema en ir a cantar a cuatrocientos kilómetros.
Detrás de ese presente hay, sin embargo, una historia artística bastante más larga y con varios giros. Mucha gente lo identificó primero con el tango, pero él recordó que su primer acercamiento fuerte al escenario vino de la mano de la cumbia y de su tío Juan Francisconi. Todo empezó cuando cantó en un almuerzo del Trabajador Lácteo, alguien grabó ese momento y el video llegó a su familia. A partir de ahí empezaron las invitaciones para sumarse al cuartetazo de Juan cuando faltaba alguno de los cantantes. Ivaldi ya trabajaba en la fábrica, pero en esas ventanas posibles comenzó a foguearse arriba del escenario con repertorio popular.
El tango apareció un poco después y casi por sorpresa. Durante un ensayo, su tío le propuso probar con alguna canción del género. En ese momento, admitió, no sabía mucho más que un par de tangos conocidos. Ensayó, los cantó por primera vez en un show en Luján y la respuesta del público fue inmediata. Ese aplauso le marcó que había algo ahí y, a partir de entonces, empezó a interiorizarse más. Entre 2009 y la pandemia, contó, su carrera fue casi exclusivamente tanguera. Fueron once años en los que esa identidad artística ocupó el centro de su trabajo musical.
La pandemia alteró ese recorrido. Encerrado como todos, empezó a hacer transmisiones desde su casa y el público comenzó a pedirle boleros, baladas, canciones románticas, cuarteto y cumbia. Él ya tenía parte de ese repertorio, pero hasta ese momento no lo mostraba como eje de su carrera. La experiencia de cantar en vivo por redes, con pedidos que llegaban en tiempo real, lo ayudó a descubrir que esa otra faceta también generaba respuesta. Cuando pasó el aislamiento y volvieron los shows presenciales, la gente siguió pidiendo esas canciones. Ahí empezó a gestarse el cambio más grande de su trayectoria reciente.
Pasarse a la cumbia no fue una decisión automática. Ivaldi reconoció que le costó por prejuicios propios. Se preguntaba qué dirían los tangueros, cómo se leería ese movimiento y si no sería visto como una ruptura incómoda con la identidad que había construido durante años. Sin embargo, terminó pesando más otra convicción: no le estaba faltando el respeto a nadie. Si lo hacía con honestidad, con trabajo y tratando de hacerlo bien, entonces tenía sentido mostrar todo lo que podía ofrecer arriba de un escenario. La aceptación del público terminó de despejarle las dudas.
Hoy considera que no se equivocó. Sabe que pudo haber críticas y que siempre hay quienes prefieren verlo solo en un registro, pero siente que la mayoría acompañó el proceso. También entiende que el tango tiene un público más reducido y una dinámica diferente. En muchos eventos, explicó, incluso cuando la propuesta principal es tanguera, el cierre suele necesitar una parte bailable para retener a la gente y responder a lo que buscan quienes organizan. Esa lectura práctica del escenario lo ayudó a adaptarse sin renunciar a su esencia. Más que abandonar un género, eligió ampliar su campo de juego.
La historia personal de Ivaldi también incluye otra dimensión fuerte: el deporte. Antes de consolidarse como cantante, tuvo una experiencia importante en Racing. Se fue solo desde Chivilcoy, probó primero en Independiente sin quedar, luego en Racing y finalmente se instaló durante dos años en la pensión del club. Lo recuerda como una etapa intensa, de adaptación a otro ritmo, otra ciudad y otra competencia. Hubo momentos buenos, goles, continuidad y también lesiones que le jugaron en contra. Desde su mirada, no todo dependía del rendimiento: alrededor del fútbol profesional también pesan representantes, vínculos y decisiones que muchas veces no son estrictamente deportivas.
Después de esa etapa pasó por una prueba en Chacarita, no quedó y decidió volver, estudiar el profesorado de Educación Física y reordenar su vida. Se recibió a fines de 2004 y casi al mismo tiempo entró en la fábrica en la que sigue trabajando hasta hoy. El título quedó, como él mismo dice con humor, pero ejerció muy poco. La estabilidad laboral terminó pesando más y se convirtió en la base material sobre la que años después desarrolló su carrera musical. Esa secuencia ayuda a entender por qué habla del esfuerzo sin dramatizarlo: ya atravesó varias reinvenciones y aprendió a convivir con ellas.
En paralelo, su vida familiar también fue creciendo. Tiene tres hijos varones, de 16, 14 y 12 años, y contó que a los tres les gusta la música, aunque el más chico es el que parece ir más claramente por ese camino. Uno pasó por la guitarra, otro hace boxeo, el menor combina fútbol y piano. Ivaldi se muestra dispuesto a acompañar lo que cada uno elija. Esa actitud aparece en sintonía con su propia experiencia: sabe lo que significa seguir un sueño sin tener garantías plenas y también lo que implica encontrar apoyos concretos para sostenerlo.
Otro de los puntos altos de la charla fue su participación en el programa televisivo Es Mi Sueño. Contó que la propuesta le llegó por WhatsApp desde la producción, un dato que de entrada lo hizo desconfiar. En tiempos de estafas y perfiles falsos, pidió explicaciones sobre cómo habían conseguido su número y terminó confirmando que provenía de sus redes, donde tiene una presencia muy fuerte. La sorpresa fue mayor porque él no se había anotado. Aun así, la invitación lo tentó. Aunque no pensaba exponerse otra vez en un formato de televisión, sintió que la oportunidad merecía ser probada.
La experiencia en el programa lo entusiasma, pero también le recuerda que la exposición pública tiene sus riesgos. Grabó la primera instancia un viernes de franco, salió al aire pocos días después y luego debió esperar más de un mes para la segunda. Ahora ya dejó grabada la tercera etapa, que se define por puntaje, aunque todavía no sabe cuándo será emitida. Explicó que la lógica de producción no siempre permite anticipar esas fechas, y eso genera una expectativa difícil de administrar con el público que pregunta. De todos modos, la valoración general es claramente positiva: se siente honrado por haber sido convocado y disfruta estar a la altura de ese nivel.
En las redes, mientras tanto, su crecimiento fue explosivo. Mencionó que ronda los 129 mil seguidores en Facebook y recordó que en julio del año pasado celebrar 20 mil ya le parecía un logro enorme. El salto en menos de un año confirma esa percepción de expansión que también se ve en los escenarios. Las plataformas, para él, dejaron de ser un complemento y pasaron a funcionar como una herramienta decisiva para mostrar repertorio, generar contrataciones y construir una presencia que excede la región. En un contexto donde muchas agendas artísticas se definen mirando pantallas, Ivaldi entendió rápido que había que estar ahí.
Lo que deja su recorrido no es solamente la historia de un cantante con muchas fechas, sino la de alguien que supo adaptarse sin perder el eje. Del fútbol a la fábrica, del tango a la cumbia, de los vivos caseros de la pandemia a la televisión y a los escenarios lejanos, su camino está hecho de cambios asumidos con paciencia y trabajo. Ivaldi no vende una fórmula, pero sí encarna una certeza: a veces las carreras más sólidas no son las lineales, sino las que se construyen sosteniendo varias vidas a la vez y aprendiendo a que ninguna anule a la otra.