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Musica y teatro | Un regreso con memoria local

25 de junio de 2026 · Hace 2 h
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Musica y teatro | Un regreso con memoria local

Billy Larrode vuelve a La Cueva con una obra sabinera y una vida hecha de canciones

El músico chivilcoyano repasó su recorrido por la noche local, los años sin registro de tantas actuaciones, el accidente que lo obligó a volver a empezar y el estreno de Como te digo una co te digo la, una propuesta teatral y musical inspirada en Joaquín Sabina.

Billy Larrode llegó a Radio del Centro como llegan los artistas que cargan una historia larga: con anécdotas, nombres propios, canciones y una memoria que ordena mejor las noches de Chivilcoy que cualquier archivo. La charla con Marcelo Leopardo empezó en tono de amistad, con recuerdos de viernes, sábados y domingos en los que el músico hacía trabajar a fotógrafos, periodistas y trabajadores de la noche, pero enseguida tomó otra densidad. Detrás de la escena festiva apareció un recorrido marcado por los bares, los teatros, los viajes, la falta de registros, un accidente grave y una forma obstinada de seguir cantando.

Larrode recordó la década del 90 como una etapa maravillosa para la noche chivilcoyana. Tocó en lugares que ya no existen, como JN, Estilo, Palmera, El Social, Reencuentro y tantos otros puntos de una ciudad que entonces se movía sin internet, sin WhatsApp, sin Facebook y sin Instagram. Para hacerse ver había que estar, tocar y volver a tocar. La circulación del artista dependía del cuerpo, de la guitarra, del escenario y del comentario boca a boca. En ese contexto, dijo, fue haciendo camino y mostrando lo suyo, sin la posibilidad inmediata que hoy ofrece una historia subida a redes.

Esa falta de registro atraviesa buena parte de su relato. Larrode enumeró presentaciones y cruces que, de haber ocurrido en este tiempo, probablemente circularían durante días en videos y publicaciones. Habló de programas de televisión, de un paso por el ciclo de María Belén Aramburu, de encuentros con Alejandro Sokol, Pappo, JAF, Baglietto, Iván Noble y Las Pastillas del Abuelo. También mencionó giras, actuaciones fuera de Chivilcoy y experiencias que hoy sobreviven casi únicamente en la memoria de quienes estuvieron. No lo dijo con reproche, sino con una mezcla de asombro y conciencia: muchas cosas importantes pasaron, pero no quedaron guardadas.

El contraste con el presente es evidente. Hoy, si toca en La Plata, en Junín o en Rosario, puede subir un reel, una historia o una publicación. La gente se entera. Antes, en cambio, podía compartir escenario con artistas reconocidos y que eso no tuviera repercusión local. Ese cambio tecnológico no es un detalle menor para un músico que construyó su carrera en el contacto directo. La visibilidad contemporánea le permite mostrar movimientos que en otro momento quedaban encerrados en la sala, en la noche o en el recuerdo de un grupo reducido.

Dentro de ese recorrido, el año 2015 aparece como una bisagra dura. Larrode contó que sufrió un accidente importante y que estuvo alrededor de un año y medio parado. Los médicos le dijeron que no volvería a caminar y que debía operarse de la columna. Él decidió pelearla de otra manera: agarró un bastón, empezó a moverse, se cayó, volvió a intentar y fue recuperando camino. La escena tiene algo de imagen fundante para entender su presente. No habla de una recuperación perfecta ni romántica, sino de una vuelta trabajada, hecha con dificultad, voluntad y la decisión de no quedar definido por el golpe.

El costo de ese tiempo detenido fue alto. Como vivía de la música y no tenía otro trabajo, la inactividad lo dejó económicamente quebrado. Lo paradójico, dijo, es que poco antes había sido reconocido por su compromiso solidario como artista, en especial por el disco El alivio del dolor, realizado a beneficio de Cáritas de Chivilcoy. Después, cuando le tocó atravesar su propia caída, experimentó también cierta desaparición. Aun así, Larrode eligió leer esa etapa desde otra perspectiva: cuando uno está abajo, sostuvo, el camino posible es hacia arriba.

Esa frase condensa una filosofía que reaparece varias veces en la entrevista. Larrode se reconoce como alguien que tiene que remar, crear, buscar nuevas formas y mantenerse vigente sin traicionar su identidad. Después del accidente llegó también la pandemia, otro freno para los artistas, pero con el tiempo pudo empezar a liberar su relación con los escenarios y volver a hacer shows en bares, teatros y espacios fuera del circuito habitual. Ese regreso no fue solamente laboral. Fue, sobre todo, una manera de recuperar la posibilidad de cantar sus canciones y de presentarse otra vez como autor.

En esa búsqueda conviven varios formatos. Larrode hace canciones propias, pero también tributos a Joaquín Sabina o, como prefiere definirlo, un show sabinero. La aclaración no es menor. Explica que en sus presentaciones incluye canciones de artistas que grabaron o dialogaron con Sabina: Charly García, Andrés Calamaro, Jarabe de Palo, Iván Noble, Café Quijano o Joan Manuel Serrat. La línea no es caprichosa, sino una forma de armar un universo popular y poético alrededor de una sensibilidad común. Para él, hay público para todo y también hay un público que busca escuchar de otro modo.

La entrevista tuvo un momento musical con El Chivillo, una canción dedicada a Chivilcoy que funciona como mapa afectivo de la ciudad. Allí aparecen la plaza principal, las vueltas al perro, los nombres de artistas locales y figuras que acaso las generaciones más jóvenes ya no reconozcan. Larrode usa esas referencias como quien deja señales para el futuro. En la canción, y también en su explicación, se advierte una voluntad de registrar. Si antes faltaban cámaras y archivos, ahora la palabra puede cumplir esa tarea: decir que hubo personas, escenas, bares, músicos y personajes que formaron parte de la identidad cultural chivilcoyana.

En ese tramo también apareció Sergio Fulvio, a quien Larrode definió como un adelantado del que aprendió mucho y sigue aprendiendo. La mención abrió la puerta a otra memoria poderosa: su encuentro, siendo muy joven, con Luca Prodan. Contó que a los 13 o 14 años lo acompañó hasta un kiosco, volvió con él a La Taberna y terminó sentado en un baffle durante un show de Sumo. Esa escena, casi cinematográfica, quedó como una marca de iniciación. Después, dijo, entró siempre a ese mundo de música, bares y rock local que lo formó en la práctica.

Larrode también se detuvo en su manera de entender el oficio. Se definió como productor, cantautor e intérprete, alguien que estudió, tomó cursos, hizo teatro y procuró instruirse para sostener una carrera. Rechaza la idea de competir desde el desprecio por otros géneros o por otros artistas. Prefiere hablar de compartir, sumar, apostar por la palabra, la poesía y el amor antes que por el odio o la ignorancia. Esa posición, formulada sin solemnidad, explica por qué puede moverse entre escenarios populares y propuestas más íntimas sin sentir que una cosa invalida a la otra.

El presente inmediato lo encuentra preparando Como te digo una co te digo la, una obra que estrenará en La Cueva y que parte del universo de Sabina para construir una historia de amor, desamor, encuentro y desencuentro. No se trata, según explicó, de un tributo convencional como los que hacía en bares, sino de una obra teatral con canciones, textos propios, poemas y sonetos. Cada soneto incluye líneas vinculadas a discos de Sabina, como si la dramaturgia tejiera una red secreta con la discografía del cantautor español.

El elenco y el equipo también fueron nombrados con cuidado. Participan Silvana Torres, Mario Clavi, Graciana Sabi, Gastón Zacardi y Tomás Escola, entre otros. Larrode destacó especialmente la dirección, la experiencia de los actores y el trabajo colectivo que permitió darle forma a la idea. La obra toma su nombre de Como te digo una cosa te digo la otra, una canción menos popular de Sabina construida a partir de conversaciones, voces y frases encontradas. A partir de esa referencia, el músico trasladó el espíritu de charla y picardía a una trama que se desarrolla alrededor de una pareja que se busca y se pierde en un bar con historia.

El estreno será este viernes a las 21 en La Cueva, con la idea inicial de permanecer tres viernes en cartelera antes del corte por vacaciones y por la programación del espacio. Larrode explicó que eligió ese teatro porque lo siente como una casa artística y porque ama tocar en salas, aun cuando sean pequeñas. Para él no importa tanto la cantidad de público como la calidad de la escucha. Prefiere 40 personas atentas antes que una multitud distraída. Esa definición dice mucho de su relación con la música: más que llenar, busca llegar.

La obra también será un homenaje a Pablo Direnzo. Larrode recordó que el primer tributo a Sabina lo hizo con él y con Silvana en La Cueva, pasados los 2000, y que aquella experiencia fue un éxito inesperado. Pensaban sostenerla durante cuatro jueves y terminaron haciendo muchas más funciones, con el teatro lleno y público que repetía. Direnzo le decía que algún día tenían que hacer aquella obra que habían imaginado, pero los tiempos de cada uno, los viajes y las obligaciones fueron postergando el proyecto. Ahora, de algún modo, esa deuda afectiva encuentra una forma de concretarse.

En el cierre, Larrode agradeció el espacio y subrayó algo que atraviesa toda la entrevista: la importancia de que exista memoria. Hay cosas que no tienen archivo, dijo, pero hay gente que recuerda. Su paso por la radio dejó precisamente eso, un registro de una carrera que no nació de golpe ni de una moda, sino de décadas de escenarios, caídas, regresos, canciones propias, tributos y búsquedas. Billy Larrode llega a La Cueva con una obra sabinera, pero también con una historia chivilcoyana completa sobre la espalda. Y esa historia, esta vez, sí queda contada.

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